26 4 / 2010
El dragón Llamitas.
Érase una vez hace mucho tiempo, un dragón que vivía bajo una montaña helada, que es un buen sitio para que vivan dragones. El dragón, como todos los de su familia, padecía de ardor de estomago provocado por su afición a lanzar fuego por la boca, que si lo piensas bien hijo mío, no es ninguna ventaja, sobre todo cuando tienes hipo. Llamitas, que es como se llamaba el dragón, fue un bebe dragón muy travieso, se divertía quemándole las colas a los dragones mas viejos, y su mama siempre le estaba regañando porque a los mayores hay que respetarlos pequeño, y no está bien irles quemando las colas a los abuelos. Llamitas que era muy comilón, le pidió a su madre helado de vainilla, que era su favorito. Porque los dragones, en contra de lo que cree la gente, sólo comen helado, y su preferido es el de vainilla, ¿Por qué? Os preguntareis, y la respuesta es bien sencilla, porque el helado les calma el ardor de estomago provocado por su afición a lanzar fuego por la boca. Su mamá, muy cariñosa como todas las mamás, le dijo con una pequeña lagrima en los ojos: “Llamitas hijo mío, no queda helado de vainilla”. Hacia tiempo que en el valle no quedaba vainilla, y aunque la nieve no era cosa que faltara en aquella montaña helada bajo la que vivían, les faltaban los ingredientes necesarios para darle sabor. Recolectaban miel para darles dulzor, y ordeñaban las cabras salvajes para conseguir leche, ¿os imagináis un dragón ordeñando una cabra? Pero los ingredientes para darles sabor, habían desaparecido desde que en el valle se asentaron los humanos, con sus industrias y su obsesión de construir casas arrasando los terrenos de cultivo. Ya no quedaban manzanas, ni fresas, no quedaban melocotones, ni cerezas, y por supuesto, no quedaba vainilla. Llamitas, que como ya te he contado hijo mío, era muy travieso, pensó que si iba a donde estaban los campos de vainilla y le traía un poco a su mamá, su mamá querida le podría hacer helado de vainilla, que sabes muy bien que era su preferido. Llamitas conocía muy bien el camino, había ido muchas veces a buscar vainilla con su padre tragafuego, que aunque parezca un nombre temible no te debería dar risa, pues el pobre dragón sufría mucho del estomago, ya que en vez de escupir fuego, se lo tragaba. Llamitas desobedeciendo a su madre que le había prohibido siempre bajar sólo al valle, bajó por la ladera de la montaña hacia los terrenos de cultivo de vainilla, que sabes que es el sabor de su helado preferido. Al llegar a la base de la montaña se encontró que donde antes había vainilla, ahora había una superficie de roca plana, con cercas alrededor, donde unos niños jugaban con una cosa redonda que parecía una naranja, los niños hacían que la cosa se moviera arriba y abajo con sus manos, se la tiraban unos a otros y de vez en cuando la tiraban contra una plancha de madera que tenia una corona como la de su abuelo, y si pasaba por la corona gritaban “CANASTA. Llamitas nunca había visto tan de cerca de niños humanos, y le sorprendió que no tuvieran colas y alas, pero igual eran demasiado pequeños, al fin y al cabo a él le salieron las alas cuando cumplió 120 años. Quizás este sea el momento, hijo mío, para explicarte algo, los dragones viven muchos años, cerca de mil los más viejos, y eso lo consiguen durmiendo mucho, durante años, por eso Llamitas no sabía que los campos de cultivo habían desaparecido, al fin y al cabo se acababa de despertar de su siesta de años. Llamitas se acercó a la extraña superficie de piedra plana, para ver más de cerca de los niños humanos, y eso que su madre le había dicho que nunca se acercara a ellos, pero así son los niños desobedientes, se meten en líos por no seguir los consejos de sus padres, que sólo quieren que no les pase nada. Pero Llamitas como muchos niños pequeños, creía que era más listo que sus padres y le molestaba un poco que le dijeran que había cosas que no podía hacer. Los niños, que nunca habían visto un dragón, al verle se asustaron mucho y comenzaron a gritar, todos corrieron, dejando detrás la cosa redonda, y cada uno corrió a su casa, y les dijeron a sus padres que en la cancha de baloncesto había un dragón. Llamitas se acercó al balón, porque aunque Llamitas no lo supiera, tu y yo sabemos que la cosa redonda era un balón. Lo olisqueó, y mordió flojito, pero como un dragón tiene mucha fuerza, en cuanto apretó un poco, el balón reventó entre sus dientes. Llamitas se asusto y corrió entre las calles de la ciudad, cuando se vino a dar cuenta estaba en medio de una gran plaza, y un montón de carros de metal corrían de un lado a otro intentando huir de él. Asustado, se intento esconder entre los árboles de la plaza, pero no había ninguno lo suficientemente grande para ocultar a un dragón de 2 metros. Y eso que Llamitas era un genio jugando al escondite. Al poco llegaron un montón de carros de metal con fuego de colores en lo alto, y salieron un montón de hombres que se señalaban con las manos. La cuidad entera era una locura, y se oían ruidos que hacían auuu, auuu, y nino, nino, nino. Y empezaron a llegar más carros de metal, más grandes, con formas distintas, con escaleras encima, y con cruces en los lados. Llamitas estaba realmente asustado, y sólo quería haberle hecho caso a su mamá y no haber bajado al valle, en ese momento, deseaba con todos sus corazones, porque los dragones tienen tres corazones, estar al lado de su madre. A lo lejos, en el parque, un camión de helados, vendía helados a los niños que pasaban por ahí, helados de fresa, de turrón, chocolate, y por supuesto de vainilla, que como bien sabes es el sabor de su helado preferido. El heladero ni siquiera se había dado cuenta de que había un dragón en la plaza, porque los árboles no le dejaban ver el otro lado, que es donde se escondía Llamitas. Un niño con su madre, se acerco a comprar un helado, y a que no sabes de qué lo pidió, pues sí, de vainilla. Cogido de la mano de su madre, cruzaron la plaza para ir a su casa, cuando se encontraron con Llamitas escondido detrás del árbol, que casi ni le cubría el pecho. La madre ni siquiera se asustó al verlo, pensaba que era alguna nueva atracción montada por el ayuntamiento, pero el niño que se llamaba David miró al dragón y enseguida se dio cuenta de que era de verdad. Miró a sus ojos, y se dio cuenta de algo que algunas veces sólo ven los niños, estaba asustado, y triste, y David tuvo pena del dragón, alargó su brazo y le ofreció su helado, Llamitas no lo podía creer, helado de vainilla, su preferido, lo olisqueó, y lamió un poquito. La madre del niño gritó, y los policías vinieron corriendo, pero David que no entendía como su madre se podía asustar de un dragón tan pequeño, siguió ofreciéndole su helado, riéndose por las cosquillas que le hacía el dragón con su lengua en la mano. Los policías, al ver que el dragón no hacía daño al niño se tranquilizaron, y empezaron a comentar asombrados que parecía que al dragón sólo le gustaba el helado. De repente un gran ruido se oyó en la ciudad, el ruido de dos enormes alas batiendo, era la madre de Llamitas que había venido a buscarle, lo vio desde lo alto, y acercándose al suelo lo cogió por el pellejo del cuello como sólo las mamas dragón saben coger a sus hijos. Los policías miraban asombrados al cielo, y mamá, que era como llamaba Llamitas a su madre, llevó al pequeño dragón a su casa. Cuando llegó, Llamitas, descubrió que su padre había traído una gran cantidad de helado de fresa, chocolate, manzana, cerezas, melocotón, y por supuesto de vainilla, que sabes que es el sabor de su helado preferido. Un primo de su padre, que vivía en el Polo Norte, había montado una fábrica de helados, y su padre había volado hasta allí para traer provisiones. Llamitas comió helado, y aunque su madre le dijo que parara, siguió comiendo hasta que le dolió la barriga. Pero sabéis lo mejor de todos, los habitantes del valle, hablaron con los más viejos y sabios de la zona, para saber que pasaba con los dragones, y los más viejos y sabios de la zona les dijeron, que allí siempre había habido dragones, pero que solo recogían de vez en cuando manzanas y fresas, melocotones y cerezas, y por supuesto, vainilla. Los habitantes del valle se reunieron en una gran asamblea, y decidieron entre todos, plantar los alrededores de la ciudad con manzanas y fresas, melocotones y cerezas, y por supuesto, vainilla. Y desde ese momento, Llamitas siempre tuvo helado de vainilla en su nevera, y bajaba algunas veces al valle, a mirar, escondido entre los manzanos, como los niños jugaban, y jugaban a eso que tú y yo sabemos, si eso, al baloncesto. Por eso, si no quieres que un día, un dragón aparezca en tu ciudad, cuida las manzanas y las fresas, los melocotones y las cerezas, y por supuesto, la vainilla. FIN