25 3 / 2010
Me pido un deseo
Desciendo tu cremallera,
peldaño por peldaño,
montado a caballo
deslizo por la costura
que me lleva a la negrura de tu cruz de agua.
Impregno de tí mis dedos y los acerco a
mis labios para probar tu sabor.
Con sonrisa de fauno sediento,
busco más de ese manjar,
rebañando el recipiente
para conseguir hasta la última gota.
Ya es suficiente,
estas esperándome,
preparada,
impaciente,
dispuesta a todo,
pidiendo compasión,
quieres que haga cualquier cosa,
lo que sea,
pero ya,
te arqueas buscándome,
te retuerces intentando encontrarme,
acoplarte,
y rozas mi flor,
sólo un leve roce de tus pétalos
y casi no me puedo contener,
uno por uno, uno,
uno por dos, dos,
recito el encantamiento eterno
para controlar el deseo,
para guardar mi miel dentro,
quiero dártela,
pero todavía no,
antes quiero sentir tu funda de piel
rodeando toda mi envergadura,
rastreando cada milímetro del otrora durmiente caballero.
Ahora arrogante,
con la espada en alto,
te embisto como a un dragón,
me hundo en tí con todas mis fuerzas.
Busco lo más profundo de tu corazón,
por el camino que nace debajo de tu ombligo,
la espada parece quebrarse bajo tu peso,
pero como el buen acero templado,
flexiona bajo tu envite,
esperando cualquier debilidad
para volver a penetrar en tu carne,
sin matar, matándote,
sin doler, doliéndote,
sin dañar, dañándote.
Para liberar el genio
hay que frotar,
y froto
y refroto,
pide un deseo,
¡ya voy!
dentro de ti voy a fluir,
te oigo pedirlo a gritos,
y yo desfallezco por no cumplirlo,
por esperar,
por guarecer un poco más al genio en su lámpara,
nueve por siete sesenta y tres,
ya me voy, ¿no lo ves?,
con cara de pícara
me miras sonriendo:
“Ya tengo mi deseo…
¿no eran tres?”